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martes, 9 de septiembre de 2025

Siempre nos quedará París

 





    Durante años, ir a París se me había presentado como una cita obligada que había sido abandonada a su suerte, a los designios del azar o a la voluntad ajena. Dejando a un lado la cuestión del azar o la voluntad ajena, estuve en septiembre de 2024 en París en corta visita, que no por breve anecdótica, pero sí por aislada incidental. La llegada a la ciudad en la noche incrementó el factor enigmático, estimulando la sensación de misterio ante la aparición de Notre Dame a la vez que llegábamos a cenar a Le Petit Châtelet, restaurante donde el regocijo de las especialidades culinarias y el júbilo del vino satisficieron nuestros paladares y elevaron nuestro espíritu, a modo de anticipo de las gratas experiencias que vendrían en los siguientes días. Las fechas eran de resaca olímpica, de hecho aún durante los Juegos Paralímpicos. 

Y sí, siempre nos quedará París, porque la ciudad, que fuera de las luces, referente y centro gravitacional de la cultural europea durante La Belle Époque, o el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, ofrece una experiencia trascendente para los espíritus libres, las mentes curiosas y los paladares más exquisitos, un disfrute que excita la sensualidad del intelecto para quien se atreva a hurgar entre las capas que han ido creando cierta pátina que solo la mente inquieta puede tratar de hacer más transparente de manera adecuada, aunque sea un mero ejercicio mental, para alcanzar una cierta recompensa que estimule el pensamiento y la experiencia. Y todo ello pese al fastidio de la masificación turística, que no sufrí en demasía; baste decir que no visité la Torre Eiffel, si bien la pude contemplar parcialmente en la noche desde el Puente de Alejandro III. Dada la reputación de zona de artistas y cierta bohemia, el paseo por Montmartre era obligado, incluyendo la escarpada subida por concurridas escaleras. Paseé entre los artistas que se apelotonan en Place du Tertre sin quedar realmente fascinado por el arte que allí se pinta, expone y vende. Si bien había artistas no exentos de calidad, lo que pude observar me resultó bastante previsible, aunque es posible que las expectativas del turista medio module el tipo de obras que se ofrecen, en su mayoría paisajes parisinos. La zona de la Basílica del Sacré-Cœur estaba realmente masificada, con música, dj's y mi desinterés total por permanecer mucho tiempo allí, ya que la música no me estimulaba a ello lo más mínimo. Mal no estuvo el recorrido en el trenecito turístico con parada junto a Moulin Rouge. Quizás lo que más disfruté allí fue el paseo calles abajo una vez que el trenecito nos hubo devuelto a la zona alta.

Por otra parte, cierto día teníamos la pretensión de visitar el Museo de Orsay, y allí que nos presentamos sin haber tenido la precaución de asegurarnos entradas y que estuviera abierto. Para nuestra frustración se encontraba cerrado ya que era lunes, justo el día de la semana que cierra. En mi defensa, yo no estaba realmente al mando, aunque tenía voto; mayormente me dejaba llevar. Lo cierto es que a falta del Orsay pudimos conseguir entradas para el cercano Museo del Louvre, que curiosamente no habíamos incluido en nuestra planificación del corto viaje inicialmente. El globo aerostático que se había estado usando para las olimpiadas estaba en las inmediaciones, lo cual añadía una curiosa capa de realismo a la sensación del turista en París por primera vez, ya que había salido en televisión repetidas veces en las últimas semanas. El Museo del Louvre merece un artículo para él solo. Tan solo comentaré la imposibilidad de contemplar la Gioconda adecuadamente, o acaso no tuve la paciencia necesaria para avanzar entre la multitud que se apiñaba frente a la celebérrima obra. Fui testigo de un momento algo tenso, ya que una turista intentó en repetidas ocasiones acceder a la zona acotada para la observación del famoso cuadro de Leonardo da Vinci por la zona de salida, donde se leía un cartel que prohibía la reentrada. Habiendo sido reprendida e invitada a salir de allí por el personal de seguridad, la turista insistía e inmediatamente volvía a escabullirse entre la gente, siendo finalmente acompañada a salir definitivamente del recorrido del museo sin que mostrara un comportamiento demasiado airado, pero sí contrariada y sin parecer entender muy bien lo que ocurría.

Comúnmente, el español que hable de Francia siempre va a ser mirado con recelo si se atisba el menor aire de afrancesamiento. El diccionario de la R.A.E. ofrece tres acepciones de la voz "afrancesado".  La primera:

adj. Que admira excesivamente o imita a los franceses. Apl. a pers., u. t. c. s.

Esta definición deja a un lado a quien sencillamente gusta de asuntos, materias o vainas que vengan de Francia y que aprecia lo francés en su justa medida, sin excesos ni imitaciones flagrantes, ya que el afrancesado no solo admira, sino que lo hace en exceso o cae en la imitación. Hay que hacer no poco esfuerzo intelectual para atribuir algún carácter notable a cualquier idea, objeto e incluso manjar, que venga de Francia sin ser tildado de afrancesado, un riesgo que asumo entre determinado y resignado. Y aquí apunto que fui un gran aficionado al cómic desde niño. Los tebeos de humor de autores como Ibáñez, Escobar y otros; las aventuras de El Jabato, El Capitán Trueno, Tintín o Astérix; fueron historietas de iniciación para luego adentrarme en otro tipo de novela gráfica, mi rito de paso fue comprar mi primer ejemplar de CIMOC, a la sazón el número 20. Me hice mayor al pasar del tebeo al cómic, si aceptamos el matiz que diferencia ambos términos, y fue algo prematuro si tenemos en cuenta que las revistas de cómic en las que me adentré pertenecían a la categoría "para adultos", incluso recuerdo cómo un día, en una librería con un gran mesa dedicada a los cómics, el encargado me invitó a retirarme de esa zona dado que era para mayores, y yo era un adolescente aún, si bien para entonces ya estaba bien adentrado en las aventuras de Vicente Segrelles, Jordi Bernet o Alfonso Font, y estaba siguiendo mi camino hacia Pierre Christin, Didier Comès o François Boucq. Sí, también merece mención especial Jean Giraud (Mœbius). Ni se me ocurrió por un momento pensar que yo fuera un afrancesado por interesarme por el cómic francés, simplemente estaba disponible (en revistas españolas y en traducción) y era de calidad, de modo que leía indistintamente a los autores españoles, franceses, belgas o de otras nacionalidades.

Para un aficionado al cómic, París ofrece el atractivo de tiendas que pueden hacer las delicias de aquellos que forjaron su amor por el noveno arte antes de la invasión manga. Andaba yo con en la búsqueda de La Belette, de Comès, pero pasé de largo por las tiendas de la Rue Dante sin tiempo para detenerme y con el propósito de volver antes de partir de la ciudad de la luz y el amor. La agenda diaria de visitas turísticas y lo corto del viaje no me dejaron hueco para volver por esas tiendas en horario comercial. Son actividades que se quedan pendientes cuando vas a una ciudad y que te apuntas en tu lista de deseos para volver, como me ocurre con Nueva York y el Metropolitan Museum, Praga y la Ópera o Atenas y El Partenón. Por poner una guinda menos petulante, incluiría el Whisky a Go Go de Los Ángeles; pasé en taxi por delante del famoso local, pero eso fue todo, una visita nada rockera a la ciudad de los Mötley Crüe. Todo pendiente. Lo que sí me llevé de París como recuerdo, audible en este caso, fue un disco de Django Reinhardt y Stéphane Grapelli.

Y cómo no, espero volver a París.







martes, 9 de julio de 2024

Procrastinando hasta la confinación y más allá

En febrero de 2021 escribí una pequeña entrada que pretendía ser una vuelta a publicar en Equánimas. Quedó aparcada y seguramente inconclusa. A continuación, los párrafos que escribí entonces con alguna pequeña adenda y enmienda.





Haciendo justicia a mi innata y casi legendaria tendencia a dejar las tareas para más tarde, escribo de nuevo en este blog pasados casi siete años desde la última entrada. Hace aproximadamente veinticinco años que me familiaricé con la palabra inglesa procrastinate, y mala cosa resultó ser, porque parece que su significado se instaló poderosamente en mí. Como quiera que no tengo la menor intención de autoflagelarme, voy a realizar el soberbio acto de seguir adelante como si nada hubiera pasado, si bien el tiempo, ineludiblemente, sí ha pasado. Incluso un confinamiento ha pasado.

Me produce, en principio, una irremediable sensación de vergüenza que una palabra que proviene del latín, y que tiene sus correspondientes derivas etimológicas en inglés y en español me llegara vía lengua inglesa. Pero esto tiene su explicación en base a dos hechos. Por una parte, el joven veinteañero que fui estaba muy ligado a la lengua de Marlowe, en lo académico y en lo personal; por otra, la versión inglesa  en cuestión era ya muy utilizada en inglés, mientras que la española no estaba tan fuertemente instaurada en nuestro habla común. Sin embargo, en los últimos años se ha incrementado notablemente el uso de "procrastinar" en el idioma en el que escribo. Esto es un hecho del que ya se ha dado debida cuenta, no me atribuyo el sagaz apunte.

En este regreso a Equánimas puedo hablar del tiempo, cosa que se suele hacer cuando no se sabe de qué hablar. Acaso sea mi empeño en retomar el blog, mayor que la acumulación de contenidos que tengo en mi almacén esperando a ser transportados en estos articulillos, o como también se dice, entradas de blog. Pero no, hay muchos asuntos que atraen mi atención y me estimulan hacia la escritura, tanto como la escritura en sí misma. El pasado otoño me cogió en Novi Sad, capital de Voivodina, tierra de pasado austrohúngaro y, como en toda la geografía balcánica en general, con un cierto grado de concurrencia (no tanto mezcla) étnica; con húngaros, rumanos o eslovacos entre otros. Residir unas semanas por aquí puede no ser suficiente para hacerse una idea de la naturaleza de la convivencia entre ellos. La pizzería del barrio ofrece pizza húngara, no sé si este detalle tiene alguna implicación, pero, de nuevo, no creo que sea suficiente trabajo de campo como para disertar mucho sobre la sociedad local, si bien ciertamente no recuerdo haber visto tal nombre de pizza por tierras más occidentales, aunque sí recuerdo una tapa de ensaladilla húngara en la misma Sevilla. Por cierto, que hay ensaladilla rusa por aquí, y no es la única cosa que me resulta familiar, dado que en mi apartamento tengo persianas y ventanas oscilobatientes que me permiten disfrutar de oscuridad para la siesta, que además también se duerme aquí en Serbia. 

Un día, al llegar a casa (temporal, pero casa), nos recibió junto a las escaleras de acceso al edificio la gatita que andamos alimentando, una bonita tricolor con rostro particular que la hace muy identificable. Antes de que pudiera subir a por la comida gatuna, apareció un muchacho con cierto aire zangolotino y sonrisa sincera que nos pidió que esperáramos dos minutos y salió corriendo. Tardó eso en volver con su propio sobre de comida gatuna. Su inglés no era muy bueno, pero dio para contarnos algún detalle sobre la gata, y para hacernos saber que Serbia no le hace exactamente feliz, mencionando que él es serbio, pero de origen eslovaco. Un apunte.

Voivodina me hizo sentir extrañamente a gusto pese a la extrañeza por el idioma, tanto hablado como escrito (por lo común, en cirílico); un sentimiento de cierta familiaridad, de cercanía a espacios atávicos de la mente, algo debe haber en mi experiencia infante que me produce esta sensación. Novi Sad tiene virtudes que me hicieron recorrer sus calles, tanto del centro antiguo como las avenidas que aventuran al fondo los montes tras el Danubio y la Fortaleza de Petrovaradin. Novi Sad es una ciudad para vivir. No es antigua, ni moderna, no deslumbra, ni alumbra, es sencillamente cabal, en su excelencia y en su miseria, esta última, de las más nobles que he conocido. Y cuando deslumbra, lo hace con sublimidad, con el saber estar de los voivodineses, que son planos (como su tierra) a ojos de los cosmopolitas belgradenses.

Hay pasajes insospechados en Novi Sad, salpicados por ignotas plazas que jamás verías si no te hubieras atrevido a cruzarlos. Pasajes y patios en los que puedes pararte a tomar una cerveza o una limonada y dejar que tus pensamientos avancen a ensoñaciones en las que apareces de nuevas. Tu continuidad vital ya no es tal y los saltos espacio-temporales te asaltan. Parece que el pasaje que te dio acceso a uno de los muchos patios viene de un subterráneo de Praga por el que pretendías cruzar el río Moldava, o del beer garden de un pub dublinés; apareces en Novi Sad y aún suenan los ecos de las gaviotas del Liffey. Yo te lo aseguro. En uno de los patios aparecí tras viajar en tren desde Hamburgo, mar a ambos lados para llegar a la Isla de Sylt y ver las nubes de Dinamarca. Decir dobro vece no fue suficiente, seguía sintiéndome transportado en el tiempo y el espacio, de tal modo que pensé que el próximo pasaje, más misterioso aún, me llevaría a Oakland donde fumaría un cigarrillo en un bar mientras entablaba conversación con el dueño y su selecta clientela (sí, existe, pero no te voy a decir dónde está). Hazlo, y podrás ir a donde te plazca. Puedes nadar río arriba hasta Budapest.

Viajar es una manera potente de salir de la rutina y de los círculos concéntricos que se ciernen amenazantes sobre el individuo con tendencia a la procrastinación, pero también puede ser una excusa para dejar de hacer ciertas actividades hasta la vuelta a casa. Depende del tipo de viaje, su duración, la compañía (o su ausencia), el lugar, el confinamiento...

sábado, 28 de junio de 2008

Vuelta de Londres


Ya estoy de vuelta sufriendo los rigores del verano en Sevilla. Me he encontrado con el calor de golpe. Ese calor que pide a gritos un buen gazpacho fresquito que regenere mi cuerpo de tanta junk food y tanta pinta.
He conocido gente y he deambulado por Londres viviendo bastantes anécdotas. He sido asiduo del Crobar (que nadie compre el mechero con abrebotellas que literalmente explota), The Ship, el nuevo (el de Soho está chapado) The Intrepid Fox (simpática camarera valenciana, my punki ella), The 12 Bar, Jazz after Dark,… En la populosa noche de Charing Cross Road estaba Paco, un señor madrileño que lleva como 30 años por allí y que me ponía más cebolla en el perrito para calmar los munchies nocturnos antes del largo trayecto de autobús que me esperaba hasta llegar a mi habitación del East End. Vanesa de Madrid y sus diseños. La sevillana del Troy… Una tarde en Camden Town escucho una voz femenina en Español (a la orden del día por allí) “¡tia Amy! Y por allí pasaba la Winehouse con su minifalda roja y su discreto peinado, como para pasar desapercibida. En el Crobar saludé una noche a Warren de Martini después de que tocaran los Ratt en el Astoria. He conocido a Paul Sebastian, un joven guitarrista eléctrico que pasa las noches tocando con su técnica de tapping y sus delays y sus reverbs galácticas en la calle, cerca de la estación de Tottenham Court Road. Este tipo no se considera músico, sino más bien científico de la guitarra. He practicado con mi bajo en los viejos locales del callejón de Denmark Street. También he hecho algunos contactos con bandas que buscan bajista, pero hace falta algo más de tiempo para que salga algo interesante. He tenido el apoyo logístico de Juan, de Sevilla, que anda trabajando por allí para mejorar su inglés. Muchas gracias tío y saludos a Ivó. De lo peor, la tremenda leche que me pegué en los escalones de un hotelito. Caí en la acera de boca y todavía tengo una rodilla y una costilla maltrechas. Vivir en Londres implica subir y bajar cientos de estrechos escalones a diario. También estaban los compañeros de piso, el checo Ondrej que toca la batería, la sudafricana Tannie que se mueve por el mundo del cine. Michael, técnico de luces. Buena onda.
No sé cuando volveré por allí, pero lo cierto es que hace años que tengo cierta conexión mística con Londres. Para mí supone un recurso siempre disponible, claro que tengo responsabilidades que me unen a Sevilla.

sábado, 7 de junio de 2008

London, England


Pues ahí es donde estoy, en Londres. No tengo acceso permanente a internet y por eso tengo el blog un poco abandonado. ¿Hay alguien por aquí para compartir piso? Je je, que esto está muy caro!

Saludos.

Colaboradores